Laureano, que era el cura de San Melchor de El Cerillero allá por los años ochenta del siglo pasado, me encargó la catequesis para el siguiente curso. Recuerdo que me invitó a elegir entre varios catecismos que tenía sobre la mesa; todos eran muy bonitos, coloridos y llamativos, excepto uno. Aquel último no era más que un fajo de fotocopias escritas a máquina, solo en blanco y negro.

Tras ojear los catecismos visualmente más atractivos, dejé para el final el menos vistoso. Sin embargo, en cuanto empecé a leer su contenido y a comprender su metodología, lo tuve claro: descarté todos los demás por aquel documento sencillo, que era, sin duda, el que guardaba la mejor pedagogía y el mensaje más profundo. Cuando le pregunté a Laureano de dónde había salido, me respondió con sencillez: "Es de Faustino".

Así comenzó mi historia con él. Sin apenas tener relación directa en aquel momento, Faustino empezó a marcar mi vida. Con los años, he escuchado hablar a muchas personas con una capacidad enorme para comunicar, capaces de convencer incluso a los más escépticos, pero que, al cabo del tiempo, caían en contradicciones porque sus vidas no se correspondían con sus palabras. Faustino no era de esos.

Cuando el tiempo me dio la oportunidad de conocerlo en persona, pude constatar su compromiso inquebrantable con los más desfavorecidos. Supe de su impulso a la cooperativa en Trevías y de su determinación para viajar a Guatemala, decidido a conocer de primera mano la realidad de las comunidades indígenas en Alta Verapaz. Ni siquiera el calvario físico que sufrió tras visitar una plantación de café —donde el ataque de unos ácaros en la piel lo torturó hasta que el médico lo solucionó—, ni la persistente diarrea con la que regresó a España, lograron frenarlo. Volvió allí para poner en marcha un proyecto vital: llevar agua potable a las distintas aldeas indígenas que se habían organizado en cooperativa.

Pero a Faustino no debió de parecerle suficiente. En cuanto entró en contacto con una hermana Dominica de la Anunciata, su rumbo se dirigió a Ruanda. Allí se topó con el mismo problema de escasez de agua, y volvió a solucionarlo instalando depósitos que financió gracias a su incansable red de colaboradores.

Porque Faustino no convencía con discursos vacíos; convencía con hechos, con su vivencia personal y con un compromiso radical con el Evangelio.

Estoy seguro de que, en estos momentos, nuestro Señor lo tiene ya en su seno.

Faustino, gracias de corazón por tu ejemplo.