Este artículo propone una intervención directa para romper el ciclo de violencia sistémica y exclusión que enfrentan las mujeres en sectores vulnerables de Guatemala.
Llamamos sororidad, al apoyo, el encuentro solidario, el compartir vivencias y dificultades, la acogida y la escucha, entre nosotras, las mujeres.
Desde el principio de nuestra llegada a Guatemala hemos trabajado con mujeres. Vivimos una realidad difícil en nuestro país, en cuanto a la situación de las mujeres. La violencia es un problema estructural que impacta de manera directa en sus vidas, así como en las de las niñas y adolescentes.
Por eso las estamos acompañando desde edades que parten de los nueve años y más. Nuestro empeño, esfuerzo y trabajo se canaliza a través de la formación y los encuentros donde la convivencia -otras veces los juegos- permite que podamos compartir vidas, sueños -tantas veces rotos-, y esperanzas de una sociedad más justa, donde los derechos de todas las personas sean respetados y la dignidad de cada una de nosotras no tenga que ser ganada con esfuerzo y lucha.
La brecha entre la Ley y la Realidad
Guatemala, como tantos otros países, explicita en su Constitución los valores y los derechos que pertenecen a cada ser humano… pero como en tantos otros países, no son respetados. Con frecuencia no son objetivo a lograr y las instancias oficiales no invierten ni tiempo, ni recursos para que una vida digna sea una realidad, para todos y todas.
Violencia como Estructura, no como Acontecimiento Aislado
La violencia de todo tipo recorre la vida de las mujeres, también de las niñas y adolescentes:
- Violencia económica: En tantas situaciones, los varones, padres biológicos de niños y niñas, no responden a su obligación de pasar la manutención a la mamá en favor del hijo/a recién nacido. Y con mucha más frecuencia, no aportan a la casa, para el mantenimiento de la familia. Dejan a la mujer embarazada y se olvidan de que son padres.
- Violencia simbólica: Ahí es donde aparecen los estereotipos y valores culturales que permiten naturalizar la desigualdad y la subordinación y dominación de las mujeres. Culturalmente, Guatemala promueve la necesidad para la mujer de la dependencia de un varón, porque es débil, sola no puede, y su misión es obedecer al varón. Y respaldan estas afirmaciones patriarcales, apoyados en textos bíblicos, donde se “lee” la superioridad y hegemonía de los varones sobre las mujeres.
- Violencia digital: Las redes sociales, hoy, son un espacio fácil para la manipulación de información, de crear la realidad que nada tiene que ver con lo que aparece en ellas. Acosan, mienten, violentan a tantas adolescentes y mujeres prometiendo lo que no van a cumplir. El engaño y la imaginación borran la realidad, haciendo uso de la necesidad de las mujeres y adolescentes, también niñas, provocan violencia sexual, emocional, llegando a límites altos, donde acaban siendo víctimas de trata de personas.
- Violencia física: Reciben golpes, maltrato físico, solo por el hecho de no responder a lo que el varón espera de ellas. Tantas veces hemos escuchado: “Es mi mujer, y yo hago lo que quiero con ella, tengo derecho a golpearla, para que sepa quién manda en casa”. En relación a las niñas, muchas veces sufren violencia vicaria. Son maltratadas, para hacer sufrir a la mamá, que es a la que quieren hacer daño.
- Violencia sexual: Es dramático el número de embarazos no deseados fruto de la violencia patriarcal. Y rompen sus vidas, porque ese embarazo las obliga a dejar estudios, juegos, amistades y, con ello, frustración y olvido de sus proyectos de vida y sueños. Y a pesar de que la ley declara delito las violaciones a menores de 14 años, la justicia no hace nada y el violador permanece libre de responsabilidades en relación a su conducta violenta contra la mujer.
Esta cultura machista piensa que somos objetos de cambio, propiedad particular con la que se puede hacer lo que se quiera. Hemos nacido mujeres y ese es nuestro rol. Pero vamos descubriendo juntas que ese no es nuestro rol, sino que es el que nos han asignado; no es justo y no lo aceptamos. Y ahí comienza nuestra reivindicación.
Por eso, desde esa sororidad compartida vamos trabajando con ellas nuestros derechos, nuestros compromisos, reconociendo que somos valiosas, importantes, empoderadas, necesarias para empujar esta sociedad por caminos más justos, donde las relaciones entre todas y todos sean más saludables y alcancemos la meta del buen vivir y la vida buena. Estamos convencidas que por ahí va también el plan de Dios y la Buena Noticia de Jesús.
¿Y dónde vamos descubriendo esa Buena Noticia? En nuestro quehacer diario, en nuestros reuniones y talleres formativos, en nuestras experiencias de vida compartidas, donde vamos descubriendo verdades que nos ocultaron desde siempre.
Es una tarea difícil, dura, porque expresar en voz alta lo vivido, lo sufrido, el maltrato o la invisibilización de nuestro ser personas, los fracasos y los sueños rotos, es difícil. Nos han acostumbrado a estar calladas y a fuerza de hacerlo, se nos apagó la voz.
Y de nuevo, la vivencia de la sororidad nos permite generar un espacio común donde poder hacerlo. Nosotras decimos nuestra palabra que intentamos ilumine su realidad y haga crecer su esperanza. Y ellas escuchan. Luego, nosotras escuchamos y aprendemos otro modo de ser y empujar la vida. Escuchamos comentarios como: “Si yo hubiera sabido esto antes… habría hecho otras cosas…
Y todo esto, lo vamos reconociendo ya en nuestras niñas y adolescentes. Ya les salpica esta realidad de una manera dura, y tantas veces desde sus propias familias. Y ellas nos cuentan, buscan nuestro abrazo, nos dicen sin palabras lo que les falta para ser felices y nosotras abrazamos, estamos de su lado.
Por eso nos parece importante seguir en esta tarea. Porque nos afecta a todas. Porque creemos que otra realidad, otras sociedades y otro mundo es posible. Porque estamos convencidas de que, sin nosotras, las mujeres, no hay democracia, no hay progreso, y crece la deshumanización en nuestro mundo.
Somos necesarias, pero por derecho propio. Y en esto gastamos la vida. Y lo vamos a seguir haciendo. Nos lo merecemos. Es nuestra mejor verdad.
María Jesús Laveda Ivars
Maite Menor Esteve